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Siglo XX

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El siglo XX parece entrar bien para la economía ganadera serrana, sobre todo para la cabaña de Santiago de la Espada, contando con 60.000 cabezas de lanar, 11.000 de cabrío y 1.000 de vacuno.

Este apogeo les permitirá a los propietarios vender parte del ganado y poder adquirir terrenos de cultivo. No obstante, Segura, como zona rural, soporta el peso del caciquismo latifundista.

A principios de siglo el 50% de la superficie comarcal, por supuesto la más productiva, está en manos de unos setenta propietarios.

Ajenos a los grandes conflictos que estaban cambiando la historia de nuestro país, los serranos de Segura continuaban sacando a delante una economía familiar de pura subsistencia muy parecida a los siglos anteriores y situada entre las comarcas más pobres del país: ganado, agricultura y toda la industria conservera derivada de ello.

En las zonas del interior quizás con más desahogo que en los pueblos y aldeas del exterior más cercanos a la tensión y las dificultades desprendidas de los conflictos bélicos. A mediados de siglo la comarca de Segura alcanza las cotas más altas de desempleo del territorio nacional. La agricultura está controlada fuertemente por el régimen latifundista y las pocas alternativas industriales o de cualquier tipo, obliga a un gran número de serranos a abandonar sus casas y tierras.

Entre 1940 y 1981 emigran de la comarca de Segura más de cincuenta mil personas. Los municipios más afectados son Hornos, Santiago de la Espada-Pontones, Génave y Villarrodrigo. Los de menos emigración Orcera, La Puerta y Siles. Los planes de repoblación iniciados en los años 40 dan trabajo a gran número de personas en el interior de la sierra, pero al mismo tiempo reducen el espacio agrcola y las zonas de pastizales para el aprovechamiento agroganadero.

Todo esto añadido a la extensión del Coto Nacional de Caza y los proyectos de regulación hidráulica con la construcción los embalses del Tranco y las Anchuricas llevan consigo la desaparición de importantes núcleos de población.

Aunque tales proyectos dieran momentáneamente trabajo a gran cantidad de familias serranas, otras, como las Casicas del Río Segura, Bujaraiza o los Chorreones, etc., tendrán que buscar otra ubicación para sus hogares.

Y al final, muchos vecinos, atraídos por el nivel de vida que exige la modernidad y las penalidades que supone mantener la cada vez más escasa propiedad agrícola, abandonan la sierra para desplazarse al extranjero o a los litorales valenciano y catatalán,atraídos por la demanda de mano de obra en hostelería y en la proliferación de la industría del azulejo o a zonas del Piríneo aragonés como "pelaores". Los que se quedan aquí continuarán con un tipo de supervivencia similar a la de siempre.

Cultivan la tierra, mantienen pequeños ganados, llevan una economía familiar basada en la recolección de productos agrícolas y conservación de excedentes en forma de conservas, cuidado de animales domésticos como el cerdo, la cabra o la oveja, conejos y gallinas, además de las labores del campo con mecánica primitiva y la imprescindible ayuda de burros, mulos o caballos.

La mayoría de las personas se dedican a las tareas forestales administradas por el ICONA, la Agencia de Medio Ambiente, TRAGSA, GETISA o la actual EGMASA, en períodos determinados, para la prevención y extinción de incendios, en el mantenimiento y arreglo de carriles y caminos o en colaboración con los propios Ayuntamientos.

A finales de los años ochenta llegará la luz eléctrica a gran parte de las aldeas de la comarca de Segura así como las instalaciones de agua potable en las casas, pero para entonces algunas aldeas ya estaban totalmente deshabitadas y en algunas quedaban escasas familias al margen de cualquier servicio social, como colegios, salud, comunicaciones, etc. La única entrada de dinero que poseían era a través de algún que otro trabajo forestal esporádico, la emigración eventual en época de aceituna o de vendimia, el PER o la jubilación para la mayoría. Sólo gracias al ahorro conseguido de la emigración muchos invierten en solares para edificación, en huertas y olivar en los pueblos a donde se trasladan para disponer de mejores servicios sociales.

Recordemos una contradicción indignante: dos centrales generaban electricidad en la Sierra de Segura, la del Tranco y la de Las Juntas de Miller y ni una sola aldea disponía de luz, ni siquiera las más próximas a las mismas centrales.

A partir de estas fechas un porcentaje no muy elevado de nuevos pobladores, en busca del contacto directo con la naturaleza, dará una nueva fisonomía a la sierra, pero esto les obligará a adaptarse a un sistema tan estricto que de la euforia de la avalancha inicial sólo quedará un exiguo porcentaje adaptado a las nuevas exigencias económicas y sociales del medio.

Los avances tecnológios, la posibilidad y el deseo de equipar los cortijos con las mismas comodidades que en la ciudad, pero en compañía del paraíso perdido y sin la carga de la supervivencia, contempla una nueva perspectiva para la Sierra de Segura, no sólo para el turismo en estado puro, sino para los hijos de los serranos que emigraron, pero conservaron sus cortijos a donde cada año vuelven para disfrutar lo que en el pasado no pudieron.

Esto ha contribuido a que muchas aldeas medio derruidas se hayan vuelto a levantar. De cualquier manera, en estos momentos, el turismo es el único aprovechamiento en vías de desarrollo, ya que al comienzo del siglo XXI aún no se conoce ninguna iniciativa de tipo industrial que aproveche los recursos naturales de la zona, exceptuando algunas pequeñas empresas que dan trabajo a diez o veinte trabajadores.

Las tierras de labranza roturadas en el siglo pasado vuelven a poblarse de pinos y el ganado pasta a su aire, y al socaire de las subvenciones de la CEE, ante la mirada intranquila del pastor. La mayor parte de las labores y oficios de otros tiempos son ya fragmentos de recuerdo para los museos que habrán de venir.