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FIESTAS PATRONALES EN HONOR DE SAN ROQUE
En el siglo XVI los sileños prometen a los santos: San Marcos y San Roque construirles una ermita por haber sido liberados mediante su intercesión de la peste bubónica. Desde entonces festejan todos los años tal acontecimiento.
Como pórtico de entrada a las fiestas el 10 de Agosto la imagen del patrón es traída en procesión desde su ermita, situada en las afueras del pueblo, hasta la iglesia Parroquial. El día 16 por la mañana se realiza la procesión por las calles del pueblo.
En los encierros los días 14 y 15, la res que ha corrido la última más conocida como "el toro de San Roque", no será apuntillada al concluir el encierro, como las otras, sino que será ensogada con una maroma y llevada por las calles ante el clamor de los vecinos que le irán lanzando cubos de agua al grito de ¡agua! en un ancestral rito de purificación.
Una vez en la ermita, y ante sus puertas, será sacrificado e inmolado a San Roque. Su carne una vez troceada, a media noche, es puesta a cocer a fuego lento en una gran caldera situada en el porche contiguo a la ermita, que tiene capacidad para albergar treinta y dos arrobas de comida con su caldo, La caldera más antigua que se conserva data de 1853 construida por un italiano llegado a Siles, llamado Pascual Sesarino.
Durante toda la noche se dejará cocer la carne a fuego lento junto a los condimentos con que ha sido aderezada, mucha pimienta, hojas de laurel, vinagre, sal y agua, siendo celosamente guardado el secreto de las cantidades y las proporciones de los ingredientes por el guisandero que ha de oficiar tan peculiar manjar, conocido como la "caldera de San Roque".
Cuando el Santo llega a la ermita al día siguiente por la mañana, el párroco bendecirá los panes que se repartirán en caridad entre todos los asistentes, siguiendo la costumbre de un antiguo voto, así como la carne del toro inmolado el día anterior, el cual será comido por todos.
Cuenta la tradición que hasta hace bien poco se guardaban pequeñas cantidades de las hebras de su carne para cuando procediera sanar con ellas la fiebre y las calenturas al ser puestas en los labios del enfermo. También, trocitos de esta carne, una vez seca, se les guardaba a los sileños que vivían fuera del pueblo y que ese año no habían podido asistir a las fiestas.









